Comúnmente hay una forma de pensar a la integración latinoamericana que empieza y termina en las instituciones. También en los tratados, las cumbres, los organismos regionales, los acuerdos comerciales o las declaraciones de los gobiernos. Pero hay otra integración, mucho más antigua, más profunda y probablemente más difícil de desarmar: la que ocurre en la cultura.
Antes de que existieran los organismos de integración regional, América Latina ya se encontraba en sus músicas, en sus lenguas, en sus migraciones, en sus comidas, en sus libros y en sus artistas. Las fronteras políticas podían separar territorios, pero nunca consiguieron impedir completamente que las culturas se mezclaran. Y Rubén Rada fue una expresión extraordinaria de ese fenómeno.
Su muerte, a los 83 años, cierra una trayectoria de más de seis décadas, pero también deja una pregunta abierta: ¿cuánto de América Latina puede explicarse a través de artistas que, como Rada, hicieron integración sin necesidad de pronunciar esa palabra?
Su música nunca fue solamente uruguaya. Rada nació musicalmente en Montevideo y en el candombe. Su vínculo con la cultura afrouruguaya comenzó desde niño y atravesó toda su obra. Pero quedarse solamente con esa definición sería insuficiente.
En 1965, con El Kinto, participó en la creación de una de las experiencias más innovadoras de la música uruguaya: el candombe beat. El candombe se encontraba allí con el rock, los instrumentos eléctricos y la música brasileña. Después llegaría Tótem, profundizando la relación entre candombe, rock y música latina. Y más tarde Opa, junto a los hermanos Fattoruso, llevando el candombe hacia el jazz-rock, el funk y otras búsquedas musicales. Rada no entendía la tradición como una frontera, la entendía como un punto de partida. Porque una cultura viva no es aquella que permanece idéntica a sí misma. Es aquella que puede encontrarse con otras culturas, incorporar elementos nuevos, transformarse y seguir reconociéndose. Él hizo exactamente eso, porque en su música hay una historia que excede ampliamente a Uruguay. Está África, a través de la raíz del candombe. Está Montevideo, como territorio donde esa tradición se desarrolló y adquirió características propias. Está Brasil, con la samba y la bossa nova. Está Argentina y el Río de la Plata. Están el rock, el jazz, el funk. Y están también las músicas populares latinoamericanas que fueron entrando en su universo.
La obra de Rada demuestra que las identidades culturales latinoamericanas nunca fueron compartimentos estancos. Se construyeron a partir del encuentro. Por eso su música puede leerse también como una pequeña historia de América Latina. Una historia de migraciones, de mezclas, de apropiaciones y de creación. No se trataba de copiar lo que venía de afuera, ni tampoco de encerrarse en una supuesta pureza nacional. Se trataba de tomar elementos diferentes y convertirlos en algo propio: integrar sin dejar de ser.
Quizás allí esté la enseñanza política más interesante de Rada. Porque la integración no necesariamente significa uniformidad. Integrarse puede significar encontrarse con otros sin dejar de ser uno mismo. Y él nunca necesitó abandonar el candombe para dialogar con el mundo. Lo llevó en su viaje. Y al hacerlo, lo transformó.
UNA METÁFORA DE LA PROPIA AMÉRICA LATINA
Una región formada por pueblos y tradiciones diferentes, atravesada por historias comunes pero también por enormes diferencias. Una región que durante siglos recibió influencias europeas, africanas, indígenas, asiáticas y de tantas otras procedencias y que, en lugar de producir simplemente una suma de culturas, creó algo nuevo: lo latinoamericano.
Y se puede decir que Rada fue uno de sus grandes traductores musicales. Porque mientras los Estados discuten durante años cómo profundizar la integración regional, los artistas llevan décadas haciéndolo espontáneamente.
Un músico uruguayo puede grabar con un argentino. Una canción brasileña puede convertirse en parte del repertorio de otro país. Un ritmo nacido en una comunidad afrodescendiente puede transformarse en patrimonio cultural de toda una sociedad. Un artista puede cruzar una frontera y encontrar del otro lado un público que entiende su música aunque no comparta exactamente su historia. La cultura tiene esa capacidad. No necesita aduanas, no necesita tratados, no necesita reuniones ministeriales. Simplemente circula.
Por eso la integración latinoamericana no debería pensarse únicamente desde sus instituciones. También debería pensarse desde sus calles, sus barrios, sus carnavales, sus escenarios y sus canciones.
RADA COMO PUENTE
Rada fue, en ese sentido, un puente. Entre tradición y modernidad, entre África y América, entre Uruguay y el resto de la región. Entre el candombe y el rock, entre la música popular y la experimentación. Entre generaciones. Y también entre lo local y lo universal.
El propio Estado uruguayo lo describió como un compositor, intérprete, percusionista y actor de ascendencia africana vinculado al candombe desde su infancia, cuya trayectoria atravesó el candombe beat, el rock, la música brasileña y el jazz-rock.
Pero quizá haya una palabra todavía más adecuada para describirlo: conector. Porque Rada conectaba. Y conectar es, en definitiva, una de las formas más profundas de integrar.
Tal vez por eso, la despedida de Rada sea también una oportunidad para pensar nuevamente qué significa integrar América Latina. Porque si algo demuestra su trayectoria es que la integración no siempre comienza en los gobiernos. A veces comienza mucho antes. En un tambor, una canción, un escenario. En un artista que escucha algo que viene de otro lugar, lo incorpora y lo transforma.
Rada hizo eso durante más de seis décadas. Tomó una raíz profundamente uruguaya y la puso a conversar con el mundo. Y quizás ahí esté una de las mejores definiciones posibles de integración: no dejar de ser nosotros para parecernos a los demás, sino encontrarnos con los demás para construir algo que antes no existía.
Ruben Rada hizo música. Pero también, sin proclamas ni tratados, hizo algo más. Hizo América Latina.