Por Felipe Fernández.
Tenemos, como americanos, un asunto sin resolver con el nombre de nuestro continente. Aunque bien podría ser un reclamo mundial, porque ninguno de los habitantes de los otros continentes que no son Europa eligieron su nombre. Fueron los europeos los que nombraron a todo el mundo, y como te enseña el gordo Ronaldo si fuera profesor de semiótica: quién nombra, define. Y quién define, hace el gol. Y quien hace más goles, gana.
Europa se llama Europa por un mito donde Zeus rapta una princesa fenicia, que casualmente se llamaba Europa, y la lleva a Creta. Siguiendo con los griegos, se referían a todas las tierras al este de su país como Asia, que se cree deriva de la palabra asiria “asu” que significa “este” o “amanecer”, porque por allí salía el sol. O sea, Asia definida en función de la ubicación con respecto a Europa. También le debemos a los griegos la palabra “Antartiké” que significa “opuesto al Ártico”. No es que hayan viajado a la tierra de los pingüinos, pero llegaron a la conclusión que algo tenía que haber al sur del mundo.
Los romanos le decían “África Terra” a lo que estaba alrededor de la ciudad de Cartago y se lo atribuye a una tribu bereber llamada “Afar”. De una única tribu conocida por los romanos salió el nombre para un continente diverso tanto en sus gentes como su geografía. Mucho más acá en el tiempo es el nombre “Oceanía”, fue propuesto por un geógrafo francés basándose en una palabra griega “Okeanos”. De nuevo los griegos, que jamás pisaron una playa de Tahiti pero le daban nombre a su continente.
Y luego está la historia de por qué América. La historia cuenta que el nombre se lo debemos a Américo Vespucci, de los Vespucci de Florencia, que heredó su nombre del abuelo. Américo tenía dos hermanos mayores llamados Antonio y Girolamo y uno menor que llevaba por nombre Bernardo. Si el abuelo hubiera llevado otro nombre o si hubieran gastado ese nombre en alguno de los hermanos hoy quizá fuéramos “Bernarda”, “Antonia” o “Girolama”.
¿Qué hizo el bueno de Américo para que un continente tenga el “honor” de llevar su nombre? Su negocio era aprovisionar los barcos que se lanzaban al mar. Fue amigo de Cristóbal Colón, pero no participó en ninguna de sus tres expediciones al nuevo mundo. Pero sí cruzó el Atlántico en dos ocasiones, la primera llegó a la desembocadura del río Orinoco, allí vio a unos indios que vivían en palafitos sobre el agua y como era italiano enseguida lo relacionó con Venecia nombrando al lugar “Venezziola” (Pequeña Venecia) de donde deriva la palabra Venezuela. Un país entre el mar Caribe y la selva Amazonas lleva por nombre el de una ciudad al norte del Mar Adriático. En su segunda expedición Américo navegó por las costas del Brasil pudiendo haber llegado hasta el Río de la Plata. Lo que sucedió después entra en el terreno de la controversia. Comienzan a circular unas cartas publicadas bajo el nombre de Américo, no se sabe si escritas efectivamente por él. Una de ellas llevó por nombre “Mundus Novus” y fue la primera vez que se tiene registro de un europeo considerando el nuevo continente como algo diferente a “las indias”. Esas cartas fueron recopiladas y publicadas por una abadía francesa y los monjes que trabajaron en ella sugirieron que el nombre del nuevo continente debía ser “América”. Sugerencia que es tomada por un cartógrafo alemán que en 1507 dibuja un mapa con “América” como algo diferente a Asia.
Así que nos llamamos América porque unos monjes franceses publicaron unas cartas y luego un alemán que dibuja mapas le quiso rendir homenaje a un italiano que vino dos veces y que no se sabe sí fue él realmente el que dijo que este continente era un “Nuevo Mundo”. Por cierto “nuevo” en función de Europa.
Decía Pepe Mujica que “necesitamos un nombre que incluya”, una palabra que refleje los pueblos indígenas, los esclavos que llegaron de África y los desarrapados de Europa. “Hay que recrear una civilización en América Latina con el Amazonas como corazón común” decía el Pepe y proponía que el continente se llame Amazonía.