Mujica: entre Martín Fierro, Séneca y el príncipe Kropotkin

Por Leo Harari.

Pasé a buscar a Álvaro Padrón por la Ciudad Vieja y arrancamos juntos hacia la chacra. El viejo había sido dado de alta dos días antes. Íbamos para una visita sin otro fin que saludarlo y acompañarlo un rato en lo que era seguramente una dura convalecencia. En el camino nos pusimos de acuerdo en evitar temas demasiado locales. Estando en un período de agitación electoral, había muchos nombres en el ambiente y mensajes que querían pasar unos y otros y habíamos decidido no ser mensajeros. Yo tenía, sin embargo, una curiosidad más literaria que militante. En realidad era la primera vez que iba a encontrarme con Pepe sin un objetivo preciso, como amigo, acompañado de alguien que lo veía casi todos los días.

—Si tuvieras que enmarcar al viejo en una ideología, ¿qué dirías? —le pregunté a mi pasajero.

—Ya se ha escrito mucho sobre el tema, prueba de que es difícil. «Como te digo una cosa, te digo la otra.» Creo que es, sobre todo, un pragmático. Todo lo que permita avanzar sirve, aunque sea un pequeño paso. No se hace ilusiones.

—Pero tiene una visión del mundo, de la historia. Creo que se ubica en algún lugar entre el gaucho Martín Fierro y el anarquista Piotr Kropotkin. Es decir, entre la rebeldía, el deseo de justicia que sale de las tripas, por una parte, y, por la otra, la esperanza de un mundo ordenado desde abajo, basado en la autonomía, la ayuda mutua y el compromiso individual. Es eso lo que hace difícil encuadrarlo. Parte de otro lado que el marxismo, lo sobrevuela. No niega la lucha de clases, pero afirma el compromiso individual como motor del cambio. Además está el tema de la austeridad, de la solidaridad que no necesita empatía, la conducta personal inspirada por Séneca y otros estoicos romanos.

Entretanto, llegamos a la chacra. Nadie en la casa. En el cobertizo en el que guardan el tractor, junto a una gran carreta llena de mazorcas de maíz, sentado en un banquito, está el Viejo. Pelando choclos.

—¿Cómo estás, Pepe?

—Jodido. Ayer llovió y se mojaron todos los choclos que pusimos a secar afuera. Ahora hay que pelarlos para que no se pudran. Deben quedar casi 200 quilos. Tomen asiento.

Había una silla de plástico y un cajón de verdulería a mano, junto a un tanque a medio llenar con las chalas de los choclos. Estirando los brazos se podía sacar una mazorca de la carreta, pelarla, tirar las hojas en el tanque y sumar una al montón recién pelado. Nos sentamos y, sin decir más nada, pusimos manos a la obra. Nuestros pulgares tenían más entrenamiento para sostener una lapicera que para hundirse en las hojas, pero de a poco nos pusimos al ritmo. Nos llevó tres horas pelarlos todos.

—¿Quién va a comer tanto choclo, Pepe?

—Los vienen a buscar los vecinos para las gallinas. Había que cosecharlos ya. Si quedan mucho tiempo en la planta el grano se pone muy duro, hasta para las gallinas. Los ponemos en la entrada, junto a los boniatos y alguna otra verdura que vienen a buscar unos muchachos de las ollas populares.

Volvimos para la casa. Caminando con dificultad, el viejo se levanta la camisa y me muestra el agujero en la piel, cerca del ombligo. Dice: «Por acá estoy comiendo ahora, viene un enfermero y me enchufa». La sonda les hace compañía a las cicatrices de balazos recibidos décadas atrás. Nos instalamos abajo del paraíso y frente la secuoya plantada para que viva 1.000 años. Miré a mi alrededor otras sillas de plástico amontonadas entre una vegetación no descuidada del todo. Me acomodé en el sillón, hecho de tapitas de botellas diversas por internos del hospital psiquiátrico. Se veía dentro de la casa la auténtica austeridad tanto proclamada y la enormidad de libros, papeles, revistas, fotos y recuerdos que iban del piso al techo, con un orden cierto pero indescifrable. La guarida de un discípulo de Séneca o de algún otro estoico romano.

El viejo sacó el tema:

—Tenemos que insistir con el asunto de la integración regional. La relevancia de la región. Si no, no vamos a estar en ningún lugar donde se tomen decisiones. No es problema de derechas o izquierdas, es de avanzar en el desarrollo o no.

Álvaro hace un recuento minucioso de las reuniones que se vienen, la agonía de la Unión de Naciones Suramericanas, el desafío de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, el próximo encuentro de la Organización de los Estados Americanos y las dificultades de los gobiernos amigos. Luego Pepe observó:

—Pero hay que hacerlo con la gente, no alcanzan las visiones intelectuales o políticas, hay que construir un imaginario, un sentimiento colectivo. Es una lucha por una cultura que nunca logramos. La gente siente las cosas, pero no todos tienen tiempo o ganas para reflexiones. Necesitamos símbolos, un himno y una bandera, una identidad. Nunca vi una manifestación en la calle con gente reclamando «integración regional».

Y agregó: «Ya se lo escribimos a Lula para su retiro en Brasilia. Hay que seguir machacando».

En eso estábamos cuando llegó Lucía.

Hubo intercambio de abrazos fraternales, ella comentó que venía de una reunión del Movimiento de Participación Popular.

Lucía y Pepe se miraron. Duró un segundo, pero pude apreciar el alivio que sintieron de estar cerca, de rencontrarse, como dos adolescentes recién enamorados.

Entonces, al fin, pude entender qué mantenía juntos al gaucho Martín Fierro, al anarco Kropotkin y al filósofo Séneca.