12 de setiembre: Día de la Cooperación Sur-Sur

En un mundo atravesado por disputas geopolíticas, crisis del multilateralismo y una creciente competencia por recursos, tecnología y poder, la cooperación entre los países del Sur Global vuelve a adquirir una dimensión estratégica. El 12 de setiembre no recuerda solamente una forma de cooperación internacional: recuerda la posibilidad de construir relaciones menos dependientes y un mundo con más centros de decisión.

Durante buena parte de la historia contemporánea, hablar de cooperación internacional significó pensar casi automáticamente en una dirección: del Norte hacia el Sur. Los países desarrollados aportaban financiamiento, tecnología y conocimiento; los países en desarrollo aparecían fundamentalmente como receptores. Pero hace décadas que otra lógica intenta abrirse camino.

Cada 12 de setiembre, Naciones Unidas conmemora el **Día de la Cooperación Sur-Sur**, una fecha que recuerda una idea sencilla pero profundamente política: los países del llamado Sur Global no solamente tienen problemas en común, también poseen conocimientos, experiencias, tecnologías, recursos y capacidades que pueden compartir entre ellos.

La cooperación no necesariamente tiene que viajar desde los países más ricos hacia los más pobres. También puede circular horizontalmente entre sociedades que enfrentan desafíos semejantes.

De Bandung a Buenos Aires

Las raíces políticas de esta idea pueden rastrearse hasta mediados del siglo XX, cuando decenas de países de Asia y África comenzaban a independizarse de las antiguas potencias coloniales. Un momento fundamental fue la Conferencia de Bandung de 1955, celebrada en Indonesia, donde 29 países asiáticos y africanos discutieron cómo fortalecer su cooperación económica y política en un escenario internacional dominado por la Guerra Fría y por las antiguas potencias coloniales.

Bandung dejó instalada una pregunta que atravesaría las décadas siguientes: ¿podían los países recientemente independizados construir relaciones internacionales propias, sin quedar subordinados a ninguno de los grandes bloques de poder? Esa búsqueda avanzó durante las décadas siguientes hasta llegar a un momento decisivo. En 1978, representantes de países en desarrollo se reunieron en Buenos Aires en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cooperación Técnica entre Países en Desarrollo. Allí se adoptó el «Plan de Acción de Buenos Aires», conocido como BAPA por sus siglas en inglés, uno de los documentos fundacionales de lo que hoy conocemos como Cooperación Sur-Sur.

El Plan fue aprobado el 12 de setiembre de 1978. Por eso la fecha quedó posteriormente consagrada por Naciones Unidas como el Día de la Cooperación Sur-Sur. Pero detrás de aquella decisión había algo más profundo que un mecanismo técnico de cooperación, había una determinada manera de pensar el mundo.

La Cooperación Sur-Sur parte de un principio diferente al esquema tradicional de donante y receptor. Un país puede haber desarrollado una política pública, una tecnología, una capacidad productiva o una experiencia institucional que resulte útil para otro país que enfrenta problemas similares. La cooperación puede entonces consistir en compartir conocimiento, formar técnicos, transferir tecnología, desarrollar investigación conjunta, construir infraestructura, intercambiar experiencias institucionales o coordinar políticas.

Naciones Unidas define esta cooperación como un proceso basado en objetivos comunes, solidaridad y respeto mutuo, impulsado por las prioridades de los propios países participantes. Y establece algo importante: la Cooperación Sur-Sur no pretende sustituir la cooperación Norte-Sur, sino complementarla.

No se trata solamente de quién tiene recursos para ayudar a quién, sino de qué capacidades tiene cada país y qué puede construir junto con otros. Y esa idea, que en 1978 estaba asociada principalmente al desarrollo económico y técnico, adquiere hoy una dimensión geopolítica mucho mayor.

Un Sur que ya no ocupa el mismo lugar

El mundo de 2026 es radicalmente distinto al de 1978. China se convirtió en una de las principales potencias económicas del planeta. India adquirió un peso demográfico, tecnológico y geopolítico creciente. Países de Asia, África, Medio Oriente y América Latina reclaman mayor participación en las instituciones internacionales. Nuevos bancos de desarrollo, bloques económicos y mecanismos regionales intentan ampliar los márgenes de autonomía frente a las estructuras tradicionales de poder. También cambiaron los flujos económicos.

Según datos difundidos por Naciones Unidas para la conmemoración de este año, el comercio entre países del Sur alcanzó los 6,8 billones de dólares en 2025, y más de la mitad de las exportaciones de los países en desarrollo tienen actualmente como destino otras economías en desarrollo. Tres décadas atrás esa proporción era del 38%.

Es decir: el Sur ya no comercia solamente con el Norte. Cada vez comercia más consigo mismo. Y tampoco intercambia únicamente materias primas. La cooperación actual incluye energías renovables, infraestructura digital, salud pública, agricultura sostenible, educación, prevención de desastres, servicios públicos, tecnología financiera, aplicaciones satelitales y gestión de datos. Eso transforma el significado de la Cooperación Sur-Sur porque compartir conocimiento también significa compartir capacidad de decisión.

La fecha llega además en un momento particular. El sistema internacional atraviesa una etapa de creciente fragmentación geopolítica, competencia comercial, disputas tecnológicas, guerras, crisis climática y cuestionamientos al funcionamiento de las instituciones multilaterales. Al mismo tiempo, los países compiten por recursos estratégicos: energía, minerales críticos, alimentos, agua, semiconductores, infraestructura digital y capacidad tecnológica. En ese escenario, la cooperación deja de ser solamente una cuestión de solidaridad y se convierte también en una cuestión de autonomía.

Para América Latina esta discusión tiene una relevancia particular. La región posee enormes reservas de alimentos, agua dulce, biodiversidad, hidrocarburos y minerales estratégicos. Tiene capacidades científicas, universidades, empresas públicas, instituciones regionales y experiencias reconocidas internacionalmente en políticas sociales, salud, agricultura, energía y gestión pública.

También es una de las regiones con mayor tradición institucional en materia de Cooperación Sur-Sur. Un informe publicado en 2026 por Naciones Unidas destaca precisamente el liderazgo latinoamericano y caribeño y la existencia de marcos institucionales consolidados para este tipo de cooperación.

Sin embargo, América Latina continúa enfrentando una contradicción histórica: posee recursos estratégicos globales, pero todavía tiene dificultades para transformar esa riqueza en capacidad política colectiva. Por eso hablar de Cooperación Sur-Sur desde América Latina implica necesariamente hablar también de integración regional de compartir capacidades científicas, coordinar infraestructura, complementar cadenas productivas, cooperar en energía, construir soberanía sanitaria, desarrollar tecnologías propias y hasta coordinar posiciones internacionales. Todo esto no para aislarse del mundo, sino precisamente para relacionarse con él desde una posición diferente.

2026 busca actualizar aquella idea nacida décadas atrás

Bajo el lema “Solidaridad en auge: Alianza mundial para un desarrollo inclusivo e innovador”, Naciones Unidas lanzó este año una nueva Alianza Mundial para la Cooperación Sur-Sur y Triangular, concebida para conectar necesidades concretas de los países con conocimientos, experiencias, financiamiento y soluciones desarrolladas en otras partes del Sur Global.

La iniciativa parte de una constatación relevante: muchas de las soluciones que necesitan los países en desarrollo ya existen en otros países en desarrollo. El desafío es lograr que circulen y que una experiencia exitosa desarrollada en América Latina pueda adaptarse en África, que una innovación agrícola africana pueda utilizarse en Asia o que una infraestructura digital desarrollada en un país asiático pueda ayudar a mejorar servicios públicos en América Latina.

Pero la existencia de un “Sur Global” no significa que todos sus países tengan los mismos intereses. Dentro del Sur existen enormes diferencias económicas, políticas y militares. Hay grandes potencias y pequeños Estados. Países exportadores de materias primas y potencias industriales. Acreedores y deudores. Economías gigantescas y países extremadamente vulnerables. La Cooperación Sur-Sur, por sí sola, no elimina esas asimetrías. Por eso el desafío no consiste simplemente en reemplazar una dependencia del Norte por nuevas dependencias dentro del propio Sur, sino que hay que poner el foco en construir relaciones capaces de ampliar los márgenes de autonomía, desarrollo y decisión de los países participantes. Y allí aparece quizás el verdadero sentido político de este 12 de setiembre.

La Cooperación Sur-Sur nació hace casi medio siglo y hoy vuelve a estar sobre la mesa porque en medio de un mundo que parece fragmentarse, cooperar también puede ser una forma de construir soberanía. Y quizás el verdadero desafío del Sur Global no sea solamente tener más peso en el mundo que viene, sino aprender a utilizar ese peso para construirlo juntos.