Lula en la ONU: «Brasil no cabe en el patio de nadie»
En la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente brasileño volvió a colocar sobre la mesa una discusión que atraviesa buena parte de la historia latinoamericana: si la región debe limitarse a orbitar alrededor de las grandes potencias o puede construir una voz propia en un mundo cada vez más disputado.
“Brasil no cabe en el patio de nadie” fue la frase pronunciada por Luiz Inácio Lula da Silva en el 81° periodo de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y esto no se trata únicamente de una afirmación sobre Brasil. Detrás aparece una discusión mucho más amplia sobre qué lugar pueden ocupar América Latina y el Caribe en un escenario internacional marcado nuevamente por las disputas de poder, las guerras, la competencia por recursos estratégicos y el debilitamiento de las instituciones multilaterales.
En la apertura del debate general en Naciones Unidas, Lula también dijo que esta organización atraviesa uno de sus momentos más críticos en cuanto a su credibilidad, en medio de un escenario internacional que ayuda a comprender esa advertencia: guerras prolongadas, erosión del derecho internacional, una creciente rivalidad entre grandes potencias y dificultades cada vez mayores para alcanzar acuerdos colectivos.
Frente a ese panorama, el presidente brasileño colocó a la diplomacia como la única alternativa posible a la lógica militar. «Todos sabemos que no habrá vencedores en el campo de batalla. La diplomacia es la única opción”, afirmó.
La referencia también conecta con la estrategia internacional que Brasil viene intentando desarrollar junto a otros actores del llamado Sur Global. Una de esas experiencias a la que se refirió es el Grupo de Amigos de la Paz impulsado junto con China, concebido como un espacio para promover una salida negociada a la guerra entre Rusia y Ucrania. Y más allá de los resultados concretos que pueda alcanzar esa iniciativa, existe allí una definición política: los grandes conflictos internacionales no deberían ser discutidos exclusivamente por las potencias directamente involucradas.
Otro de los pasajes más significativos del discurso estuvo dedicado a nuestra región. Lula recordó una realidad geográfica tan evidente como políticamente determinante: América Latina y el Caribe conviven con la mayor potencia militar del planeta. A partir de allí cuestionó lo que definió como un recrudecimiento de las “tentaciones hegemónicas” y rechazó la división del mundo en zonas de influencia.
Hay otro elemento del discurso que resulta especialmente relevante para América Latina. “Las diferencias ideológicas no deben ser obstáculos para una mayor integración entre vecinos”, sostuvo Lula. Esta toca uno de los problemas recurrentes de los procesos de integración regional. Durante décadas, los cambios de orientación política de los gobiernos latinoamericanos han producido avances y retrocesos en los mecanismos de cooperación. Proyectos que prosperan durante determinados ciclos políticos pueden quedar paralizados cuando cambia el signo ideológico de los gobiernos. Y si América Latina pretende tener alguna capacidad de incidencia internacional, la integración difícilmente pueda depender exclusivamente de afinidades partidarias circunstanciales, ya que integrarse no significa pensar igual, significa construir intereses comunes allí donde existen: infraestructura, energía, comercio, ciencia, tecnología, defensa de recursos naturales, lucha contra el crimen organizado, transición energética, cooperación ambiental o capacidad de negociación frente a terceros. En un mundo de grandes bloques económicos y tecnológicos, la fragmentación regional tiene consecuencias.
Por otro lado, Lula también vinculó la defensa de la soberanía con la defensa de la democracia. América Latina conoce bien —recordó— “los horrores de los regímenes de excepción” y el largo camino recorrido para recuperar gobiernos surgidos de la voluntad popular, pero esa conquista no puede darse por definitiva ya que “la democracia está nuevamente en jaque”, afirmó.
El presidente brasileño denunció además lo que considera nuevas formas de injerencia externa sobre procesos electorales y advirtió sobre las “investidas neocoloniales” vinculadas a recursos estratégicos. La intervención extranjera en procesos políticos nacionales es, precisamente, uno de los asuntos sobre los que Lula centró su discurso de este año.
Detrás del discurso del Presidente brasileño aparece finalmente una pregunta que excede a Brasil: ¿Cómo se posiciona América Latina frente a un orden internacional que está cambiando?
Estados Unidos continúa siendo una potencia central. China amplía aceleradamente su presencia económica global. Rusia desafía elementos del orden de seguridad surgido después de la Guerra Fría. Europa intenta encontrar mayor autonomía. India aumenta su peso económico y político. Y buena parte del Sur Global reclama mayor participación en instituciones diseñadas hace décadas.
En ese contexto, América Latina enfrenta distintas opciones de política exterior y debates entre sus propios gobiernos. Puede alinearse con alguno de los grandes centros de poder, puede permanecer fragmentada, o puede intentar construir espacios de cooperación capaces de aumentar su autonomía y su capacidad de negociación. El discurso de Lula en Naciones Unidas se inscribe claramente dentro de esta última tradición. No significa aislamiento ni ruptura con las grandes potencias ni tampoco supone ausencia de diferencias entre los países latinoamericanos. Supone otra cosa: que América Latina pueda relacionarse con todos sin convertirse automáticamente en el área de influencia de ninguno.
En un mundo que parece regresar a la competencia entre grandes potencias, quizá una de las discusiones centrales para nuestra región vuelva a ser una de las más antiguas: no solamente con quién relacionarnos, sino desde dónde hacerlo.