Brasil vota mucho más que un presidente: lo regional y lo global también están en disputa

Brasil llega a las urnas en una elección marcada por una fuerte polarización entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Pero detrás de la disputa por el Palacio de Planalto hay algo más profundo: dos maneras diferentes de pensar el Estado, la soberanía, la relación con Estados Unidos y el lugar de Brasil —y de América Latina— en un mundo atravesado por nuevas disputas de poder. 

Este domingo 4 de octubre, 158 millones de brasileñas y brasileños están convocados a las urnas. La atención internacional estará concentrada inevitablemente en la elección presidencial, sin embargo, Brasil define mucho más que quién conducirá el Poder Ejecutivo durante los próximos años. Se eligen autoridades nacionales, estaduales y municipales y se renueva una parte sustancial de la representación legislativa. Pero además, esta elección ocurre en un momento internacional particularmente sensible: las grandes potencias disputan mercados, recursos estratégicos, tecnología e influencia política, mientras América Latina vuelve a preguntarse cuál será su lugar en ese escenario. Y Brasil, por su dimensión económica, territorial, demográfica y política, ocupa una posición central en esa discusión.

 

¿QUÉ ELIGE BRASIL HOY?

Las elecciones brasileñas movilizan simultáneamente diferentes niveles del sistema político. Los ciudadanos están convocados a elegir al presidente y vicepresidente de la República, a los gobernadores y vicegobernadores de los 26 estados y del Distrito Federal, además de alcaldes y vicealcaldes en el ámbito municipal. En el Poder Legislativo se renuevan los 513 integrantes de la Cámara de Diputados y 54 de los 81 miembros del Senado Federal. Los restantes 27 senadores serán elegidos en 2030. También se eligen diputados de las asambleas legislativas estaduales y concejales municipales.

La magnitud de la elección permite entender algo fundamental: no se trata únicamente de quién llegue a la presidencia. El próximo gobierno deberá relacionarse con un Congreso surgido de estas mismas urnas, con gobernadores que cuentan con un importante peso territorial y con una estructura política que puede ampliar o restringir fuertemente su capacidad de acción.

La elección presidencial funciona bajo el principio de mayoría absoluta. Para ganar en primera vuelta, un candidato debe obtener más de la mitad de los votos válidos, excluyendo blancos y nulos. Si ninguno alcanza ese umbral, los dos candidatos más votados volverán a enfrentarse en una segunda vuelta prevista para el 25 de octubre. Y todo indica que ese segundo capítulo será necesario.

 

ECONOMIA, SEGURIDAD E INSTITUCIONES EN EL CENTRO DEL DEBATE

Aunque buena parte de la atención regional se concentre en las consecuencias internacionales de esta elección, los brasileños votan, antes que nada, sobre su propia realidad cotidiana. Economía, seguridad pública, funcionamiento institucional y polarización política son los grandes temas que atravesaron la campaña.

Lula llega a la elección con un respaldo especialmente importante entre los sectores de menores ingresos. El aumento del gasto público, el reajuste del programa Bolsa Família y la ampliación de la exención del impuesto sobre la renta aparecen entre los factores que fortalecen al gobierno en estos segmentos.

En los sectores medios y altos, en cambio, existe mayor preocupación por las tasas de interés, la deuda pública y la situación fiscal. Ese malestar es uno de los espacios que intenta capitalizar Flávio Bolsonaro mediante una propuesta de reducción del gasto estatal y de la carga tributaria.

La seguridad constituye otro de los grandes temas. Más de la mitad de los brasileños evalúa negativamente el combate contra la delincuencia y el crimen organizado en los centros urbanos, y las propuestas de mayor endurecimiento en materia de seguridad encuentran allí uno de los principales terrenos de crecimiento opositor.

Pero la elección tampoco puede separarse de la profunda polarización que atraviesa a Brasil. Las identidades políticas continúan teniendo una enorme fuerza. Y esa lógica fue reduciendo progresivamente el espacio disponible para las alternativas ubicadas entre los dos grandes bloques.

 

LULA Y BOLSONARO: DOS PROYECTOS FRENTE A FRENTE

Luiz Inácio Lula da Silva vuelve a ocupar el centro de la política brasileña. Dirigente sindical, fundador del Partido de los Trabajadores y presidente electo en 2002 y reelecto en 2006, regresó al Palacio de Planalto en 2022 para ejercer un tercer mandato. En esta campaña coloca entre sus principales propuestas la ampliación de programas sociales, el fortalecimiento de la seguridad pública y un incremento de la inversión estatal en ciencia e innovación.

Del otro lado aparece Flávio Bolsonaro, senador por el Partido Liberal, abogado, empresario e hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Su programa tiene como ejes una reducción significativa del gasto público, una política de fuerte confrontación contra el crimen organizado, menores impuestos y equilibrio fiscal. También propone la adhesión de Brasil al denominado Escudo de las Américas.

Más allá de las diferencias programáticas, las dos candidaturas expresan también tradiciones políticas profundamente distintas. Lula representa una concepción que históricamente otorgó al Estado un papel importante en la reducción de desigualdades, el desarrollo productivo y la construcción de autonomía internacional. El bolsonarismo se articula alrededor de una agenda económica más liberal, una visión más dura de la seguridad y una relación mucho más estrecha con el conservadurismo político continental.

Esa diferencia se vuelve particularmente importante cuando la mirada se desplaza desde Brasil hacia el mundo.

 

OTROS CANDIDATOS Y EL INTENTO DE ROMPER LA POLARIZACIÓN

La elección presidencial cuenta con trece candidaturas registradas, aunque seis figuras concentraron la mayor visibilidad durante la campaña. Además de Lula y Flávio Bolsonaro aparecen cuatro candidaturas con presencia significativa, aunque bastante más alejadas de los dos primeros.

Ronaldo Caiado, candidato del PSD y proveniente de la centroderecha, propone la creación de un Ministerio de Seguridad Pública, la construcción de cárceles de máxima seguridad, estabilización fiscal, fortalecimiento del agro y transición energética.

Romeu Zema, del partido Novo, representa una línea económica liberal, con privatización de empresas estatales, disminución del gasto público y promoción de la inversión extranjera.

Renan Santos, candidato de Missão y vinculado al Movimento Brasil Livre, combina liberalismo económico con políticas de seguridad de línea dura.

Finalmente, Augusto Cury, candidato de Avante, incorporó temas menos habituales dentro de una campaña presidencial: educación emocional gratuita en las escuelas, salud mental, telemedicina y utilización de inteligencia artificial para fiscalizar la administración pública. Cury llegó incluso a crecer con fuerza durante agosto, pero ese impulso posteriormente perdió intensidad.

Ninguna de estas candidaturas consiguió hasta ahora romper la lógica fundamental de la elección. Brasil parece llegar nuevamente a las urnas dividido alrededor de dos grandes proyectos.

 

ENCUESTAS: LULA ADELANTE CON UNA ELECCIÓN CADA VEZ MÁS CERRADA

Durante buena parte del año, Lula apareció al frente de los escenarios de primera vuelta. Al comienzo del año,  mediciones lo ubicaban con 38% frente a 32% de Flávio Bolsonaro. En abril, la relación era 39% contra 35%.

Una medición del 21 de septiembre registró 37% para Lula y 33% para Bolsonaro. Otra, del 28 de septiembre, mostró 39% contra 34%. Otros estudios registraron una relación de 42% a 37% y de 39% a 35%. La medición de AtlasIntel/Bloomberg del 29 de septiembre mostró uno de los escenarios más estrechos: 45,3% para Lula y 42,2% para Flávio Bolsonaro.

Hay diferencias importantes entre las encuestas. Pero todas muestran una tendencia común: Lula llega primero, Bolsonaro segundo y la distancia entre ambos se redujo en el tramo final de la campaña. Los demás candidatos permanecen lejos.

 

POCOS INDECISOS, MUCHOS VOTOS EN MOVIMIENTO

Hay un dato particularmente interesante y es la cantidad de electores que se declara directamente indecisa cayó hasta aproximadamente 3% o 4%. En apariencia, Brasil llega a las urnas con el voto prácticamente definido, pero esa fotografía puede resultar engañosa, porque entre 19% y 21% de los electores admite que todavía podría modificar su decisión a último momento. La mayor volatilidad aparece entre las mujeres, los adultos mayores y sectores de menores ingresos del sur y sudeste brasileño. Esto ayuda a entender por qué, incluso con un número pequeño de indecisos, la elección permanece abierta.

Una cosa es no saber a quién votar y otra muy diferente es haber elegido un candidato pero estar dispuesto a cambiar. En una competencia tan ajustada, ese electorado móvil puede ser determinante.

 

¿QUÉ PUEDE SUCEDER EN SEGUNDA VUELTA?

La hipótesis dominante es clara: Lula y Flávio Bolsonaro volverían a enfrentarse el 25 de octubre y allí la elección comenzaría prácticamente de nuevo.

Las diferentes mediciones de segunda vuelta muestran un escenario de extraordinario equilibrio. Una encuesta ubica a Lula con 47% y Bolsonaro con 45%. Otra registra 46% para Lula y 44% para Bolsonaro. AtlasIntel/Bloomberg, en cambio, coloca a Bolsonaro apenas adelante: 47,7% frente a 47,6%. Otra medición presenta un empate de 42% a 42%, mientras un quinto estudio arroja 48,5% para Lula y 48% para Bolsonaro.

En todos los casos, las diferencias se encuentran dentro de los respectivos márgenes de error. No existe hoy un favorito claro para una eventual segunda vuelta. Y Lula enfrenta además un desafío adicional: buena parte de los candidatos que quedarían eliminados en primera vuelta provienen de espacios conservadores o de centroderecha. Por lo que la pregunta será entonces hacia dónde migrarán esos votos. Sin embargo, tampoco existe una transferencia automática.

La segunda vuelta reorganiza las preferencias y transforma el sentido del voto. Muchos electores dejan de elegir al candidato que más los representa y pasan a elegir cuál de los dos proyectos prefieren evitar. En ese escenario aparece una de las fortalezas históricas de Lula. Aun entre sectores que pueden tener críticas hacia su gobierno, sigue siendo visto como la figura con mayor capacidad para frenar al bolsonarismo, que también conserva niveles elevados de rechazo y ese factor puede ser decisivo.

 

LA ELECCIÓN INTERNACIONAL: SOBERANÍA O ALINEAMIENTO

Hay efectivamente una elección brasileña, pero hay otra elección ocurriendo simultáneamente porque durante la campaña, la política internacional dejó de ser una discusión reservada a diplomáticos y especialistas para ingresar directamente en la disputa electoral.

Las relaciones entre Brasil y Estados Unidos se deterioraron. Washington aplicó aranceles a productos brasileños y se produjeron fuertes tensiones diplomáticas entre ambos gobiernos. En ese contexto, surgieron también acusaciones acerca de posibles intentos de interferencia estadounidense en el proceso político brasileño.

Lula colocó la soberanía nacional en el centro de su respuesta y no resulta un detalle menor. Brasil posee petróleo, biodiversidad, territorio, agua, alimentos y minerales críticos. Recursos que adquieren un valor cada vez mayor en un mundo donde las grandes potencias vuelven a disputar directamente el acceso a materias primas estratégicas.

Lula convirtió entonces una discusión electoral en una definición política mucho más amplia: Brasil no quiere volver a ser pensado como territorio disponible dentro del área de influencia de otra potencia. Y esto es una discusión brasileña, pero también profundamente latinoamericana.

 

BRASIL Y LA PREGUNTA QUE ATRAVIESA AMÉRICA LATINA

Durante buena parte de su historia, América Latina convivió con una contradicción. Posee algunos de los mayores recursos naturales del planeta, pero una capacidad mucho más limitada para definir las reglas bajo las cuales esos recursos se incorporan a la economía mundial.

Tiene alimentos, energía, agua, biodiversidad y minerales estratégicos. Lo que muchas veces le falta es poder político colectivo, por eso importa tanto qué Brasil salga de estas elecciones. Un Brasil que busque construir mayor autonomía internacional puede funcionar como motor de una región que negocie con el mundo desde una posición más fuerte. Un Brasil que privilegie los alineamientos externos sobre la construcción regional puede producir exactamente el movimiento contrario. Y ahí aparece una diferencia esencial.

La integración latinoamericana no significa aislarse de Estados Unidos, China, Europa ni de ningún otro actor internacional. Significa algo bastante más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil: relacionarse con todos sin quedar subordinados a ninguno. Y Lula ha hecho de esa idea uno de los rasgos más reconocibles de su trayectoria internacional: un país como Brasil no necesita elegir entre Washington y Beijing, puede aspirar a relacionarse con ambos desde sus propios intereses, y América Latina puede intentar hacer lo mismo.

 

LO QUE VERDADERAMENTE ESTÁ EN DISPUTA

Brasil decidirá este domingo quiénes pasan a la segunda vuelta, pero detrás de esa decisión aparecen preguntas mucho mayores.

¿Qué papel debe tener el Estado frente a la desigualdad? ¿Cómo enfrentar la inseguridad sin deteriorar la democracia?

¿Qué modelo económico debe construir una de las principales potencias del Sur Global? ¿Qué relación debe mantener Brasil con Estados Unidos? ¿Quién controlará los recursos estratégicos que serán fundamentales durante las próximas décadas?

¿Debe América Latina negociar con el mundo como una suma de países separados o intentar construir una posición regional?

Y, quizá por encima de todas:
¿Brasil quiere simplemente encontrar un lugar dentro del nuevo orden mundial o quiere participar en su construcción?

Ese es también el tamaño de la elección. Porque cuando vota Brasil, inevitablemente también se mueve América Latina.